Carta de una madre a su hija


Este texto ha llegado a mis manos, lo he leído y releído, es una preciosidad, pero cuando lo meditas te das cuenta de su profundidad. No somos conscientes de que vamos creciendo en edad y que, poco a poco, nos vamos deteriorando.

Muchas personas a pesar de la edad siguen teniendo energía, otras menos y otras no se resisten a aceptar las limitaciones que nos va imponiendo el paso de los años.

Hoy vivimos muy deprisa. La técnica nos invade por todas partes, en muchas ocasiones en detrimento del calor humano, y deberíamos caer en la cuenta de que ambas cosas se pueden compaginar para el bienestar de las personas.

El texto es un canto al amor, a la cercanía, al aceptar por parte de todos las limitaciones, y enriquecer la vida compartida.

“Mi querida hija, el día que me veas vieja, te pido… por favor que tengas paciencia, pero sobre todo trata de entenderme. Si cuando hablamos, repito lo mismo mil veces, no me interrumpas para decirme “eso ya me lo contaste” solamente escúchame por favor. Y recordar los tiempos en que eras niña y yo te leía la misma historia, noche tras noche hasta que te quedabas dormida. Cuando no me quiera bañar, no me regañes y por favor no trates de avergonzarme, solamente recuerda las veces que yo tuve que perseguirte con miles de excusas para que te bañaras cuando eras niña. Cuando veas mi ignorancia ante la nueva tecnología, dame el tiempo necesario para aprender, y por favor no hagas esos ojos ni esas caras de desesperada. Recuerda mi querida, que yo te enseñé a hacer muchas cosas como comer apropiadamente, vestirte y peinarte por ti misma y como confrontar y lidiar con la vida. El día que notes que me estoy volviendo vieja, por favor, ten paciencia conmigo y sobre todo trata de entenderme. Si ocasionalmente pierdo la memoria o el hilo de la conversación, dame el tiempo necesario para recordar y si no puedo, no te pongas nerviosa, impaciente o arrogante. Solamente ten presente en tu corazón que lo más importante para mí es estar contigo y que me escuches. Y cuando mis cansadas y viejas piernas, no me dejen caminar como antes, dame tu mano, de la misma manera que yo te las ofrecí cuando diste tus primero pasos. Cuando estos días vengan, no te debes sentir triste o incompetente de verme así, sólo te pido que estés conmigo, que trates de entenderme y ayudarme mientras llego al final de mi vida con amor. Y con gran cariño por el regalo de tiempo y vida, que tuvimos la dicha de compartir juntas, te lo agradeceré. Con una enorme sonrisa y con el inmenso amor que siempre te he tenido, sólo quiero decirte que te amo, mi querida hija”.

Se lo dedico a mis hijas por el amor con que me ayudaron a cuidar a mi madre.

madre e hija

Acerca de El Taller de la Serenidad "Locus Serenitatis"

Aprendiz de todo y maestra de nada en constante evolución. Aprendo, practico y comparto. Conocerse a sí mismo es el mayor saber. Galileo Galilei
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Muchas gracias por su aportación. Un cordial saludo

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