La voz del caminante


La voz del caminante era cálida y persuasiva. Ponía todo su alma en lo que decía. Incluso cuando les reprendía, su palabra era suave y no hería. Más tarde reconocerían que esa voz les iba calentando el corazón. Le oían y se maravillaban de su sabiduría y de su amor

Y, según le oían hablar, las oscuridades iban cayendo de sus ojos. Ellos que creían conocer de carrerilla aquellos textos que el caminante citaba, se daban cuento ahora de que no habían entendido nada. La palabra de Dios se iba haciendo viva, operante, acusadora, desenmascaradora.

Y, al mismo tiempo, iban sintiéndose avergonzados y felices. Avergonzados por su falta de fe, por su corta inteligencia. Y felices porque su esperanza renacía, porque un nuevo amor iba brotando dentro de ellos. Aún no se daban cuenta, pero Dios ya estaba con ellos y dentro de ellos.

Por eso, mientras él iba hablando, los dos discípulos iban pasando de la tristeza a la alegría, de la indiferencia al amor La palabra de Dios les iba transformando. Y, por eso, aun antes de reconocerle, esa misma palabra hizo que empezasen a obrar como si ya le hubiesen conocido. El amor, la caridad, fue por delante de la fe. (… )

Le obligaron a quedarse. Dios nos acompaña de bueno gana, pero te gusta ser forzado a ello. Y entró Jesús en su aldea y en su casa. Y te ofrecieron el honor de presidir la mesa. Le miraban con emoción. A lo largo de todo el camino, aquel hombre les había impresionado por su modo de comentar las Escrituras. Habían recibido, sin molestarse, su reprensión y ahora, no sabían por qué, tenían la impresión de haber vivido ya otra vez esta mismo escena.

Fue entonces cuando el desconocido tomó el pan, lo bendijo, lo partió. En realidad no hacía nada que no hubiera hecho cualquier otro israelita piadoso. Pero lo hacía de un modo que fue para ellos como el descorrimiento de un velo. Le miraron, se miraron. Y, antes de que abrieran los labios, el desconocido desapareció.

Ahora volvieron a mirarse más desconcertados aún, pero, sobre todo, alegres. Recordaron en un solo relámpago las explicaciones del Viajero, que les había asegurado que el desenlace de la vida de Jesús no era la muerte. Que pasaría por ella para cumplir las Escrituras, pero que ése no sería su final. Ya no dudaron: era él y era él, resucitado.

Ni siquiera sintieron la decepción de haberle perdido de nuevo; la alegría de saberle vivo era más importante que la de verle. Se sentían embargados en el juego de Dios que parecía burlarse de ellos. Como dice Newman, el Señor pasó entre ellos desde el escondite de ver sin conocer, al de conocer sin ver A Dios no le gusta ser conocido por miedo o por interés. Le gusta ser conocido por amor Y al amor de aquellos dos hombres les bastaba con saberlo vivo.

Por eso su fe se convirtió enseguida en fuego, se hizo apostólica. Sin detenerse un minuto, sin comentarlo casi, se levantaron y regresaron corriendo a Jerusalén. Los once kilómetros se les hicieron ahora mucho más cortos. Porque la alegría aligera los cosas, así como la tristeza las hace pesados. De pronto se sintieron apóstoles, fraternos. No guardaron para sí su alegría. Tenían que comunicarla y repartirla.

JL. Martin Descalzo

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Acerca de El Taller de la Serenidad "Locus Serenitatis"

Aprendiz de todo y maestra de nada en constante evolución. Aprendo, practico y comparto. Conocerse a sí mismo es el mayor saber. Galileo Galilei
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Muchas gracias por su aportación. Un cordial saludo

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