Adaptación de "La serpiente generosa y otras fábulas de África"


Un día la Vida se disfrazó de joven y comenzó a andar por los caminos del mundo.

Encontró a un hombre pobre y enfermo de elefantiasis; tenía todos sus miembros deformes y apenas podía moverse.

El enfermo al ver al joven le preguntó: ¿Qué te trae por aquí? ¿Quién eres tú?

-Soy la vida contestó el joven. ¿Por qué te quejas tanto?

No lo ves, tengo una enfermedad horrible que me ha quitado mi aspecto humano. Ya no tengo ganas de vivir.

-Si lo deseas, le dijo la Vida, te curo. Después me olvidarás.

¡No!, contestó el enfermo. Siempre me acordaré y contarás con mi agradecimiento.

La Vida esparció un polvo misterioso sobre el enfermo y éste quedo curado.

La Vida siguió su camino y llegó hasta una cabaña de una persona que sufría lepra.

El leproso al verlo entrar en su cabaña dijo: ¡Bendito tú que entras en mi casa! dime tu nombre.

Soy la Vida, dijo el recién llegado. Voy a curarte y dentro de siete años volveré, pero ¿te acordarás de mí?

-Jamás te olvidaré, dijo el leproso.

La Vida lo curó y siguió su camino.

Al llegar a una aldea se encontró con un ciego, éste se detuvo y preguntó:

¿Quién eres? yo soy ciego.

-Yo soy la Vida

La Vida sanó también al ciego y se fue definitivamente.

Pasaron algunos años y la Vida volvió como había prometido, pero vino disfrazada de ciego.

Llegó a la puerta del hombre que había curado de ceguera y llamó.

La puerta se abrió y apareció en ella la mujer del hombre curado de ceguera, éste no se encantaba allí.

¡Piedad para este pobre ciego! dijo la Vida. ¿ Puedes darme agua mientras espero a tu marido?

-Mi marido es un estúpido, dijo la mujer, ¡trae a casa a todos los mendigos que se encuentra por ahí!

La mujer puso agua sucia en una calabaza y se la dio de mala gana.

Cuando llegó el dueño de la casa la Vida le salió a su encuentro.

¿Puedes alojarme en tu hogar hasta mañana?

El hombre extendió una esterilla en el suelo y le dio al ciego un puñado de cacahuetes.

Cuando amaneció, la Vida llamó al dueño y le dijo:

-Yo soy la Vida, estoy aquí y tú no me has reconocido porque la ceguera quedó en tu corazón. Ahora volverá a tus ojos.

La vida salió de la casa y espació tras de sí una estela de polvo. El hombre quedó ciego como lo era antes.

Llego a la aldea del leproso y la Vida se cubrió de lepra. Llamó a la puerta, pero el hombre al ver al leproso no lo dejo entrar, ni le dio agua, ni comida, porque estaba muy sucio.

¿No te dije que no conocerías a la Vida cuando volviese?

Dio media vuelta y se fue dejando tras de sí la estela de polvo, el hombre volvió a tener lepra como antes.

Por fin llegó a la cabaña del hombre que sufría elefantiasis, la Vida se hinchó tanto que apenas podía andar.

Llamó a la puerta y dijo: -¡Por caridad, un poco alivio!

-¡Adelante, pase, pase, apresurándose para ayudar al falso enfermo.

¡Qué joven eres y ya padeces la enfermedad!

Yo también padecí esta terrible enfermedad, pero un hombre bueno me curó.

Mientras hablaba puso a cocinar un poco de arroz, le dio nueces y una calabaza llena de fresca leche.

Le preparó un guiso con cordero y dio al enfermo toda clases de cuidados.

Después preparó una cama en un rincón de su cabaña y se retiraron a dormir.

Por la mañana la Vida se presentó como años atrás disfrazado de Joven y dijo:

Tú has reconocido la Vida, eres de las personas que no olvidan los beneficios recibidos y sabes ayudar a los que sufren.

A partir de hoy, siempre estarás sano y gozarás de bienestar y prosperidad.

El hombre agradecido quiso dar unos regalos a la Vida, pero esta le dijo:

No necesito riquezas, sólo quiero que recuerdes algo muy importante:

«La vida puede cambiar y traer un día bienes y otro males, pero al hacerla mejor o peor frecuentemente depende de los hombres»

 

 

.

 
Comentario
Joan Josep – 01/11/2008 9:04:46

Estupendo cuento. ¡Qué pronto nos olvidamos de los que nos ayudan…! Un abrazo: Joan Josep

Acerca de El Taller de la Serenidad "Locus Serenitatis"

Aprendiz de todo y maestra de nada en constante evolución. Aprendo, practico y comparto. Conocerse a sí mismo es el mayor saber. Galileo Galilei
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Muchas gracias por su aportación. Un cordial saludo

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