La gaviota


Había una vez una gaviota que vivía en la costa oeste de Irlanda. Era una gaviota saludable, atractiva e inteligente, pero no podía volar.

Cuando era sólo un pajarillo, los padres y hermanos se habían perdido en una fuerte tormenta y nadie más le había vuelto a enseñar.

Se hizo mayor y decidió intentar aprender sola. Miraba a otras gaviotas y las imitaba. Corría por el suelo y aleteaba saltando arriba y abajo, intentando alzarse en el aire, pero no pasaba nada, y las gaviotas jóvenes se reían porque era muy divertido verla.

Algunas de las gaviotas más jóvenes intentaron enseñarle, pero cada una le explicó una manera diferente de aprender a volar, y la gaviota intentaba pensar en todas las formas que cada una de las gaviotas le había dicho:

-Mueve más las alas, pon los pies atrás, la cabeza erguida.

Y todas las demás instrucciones. Pensaba tanto en todo lo que los demás le decían que no era capaz de despegar del suelo. Empezó a creer que le pasaba algo, que nunca volaría.

Intentó ir a la cima de un acantilado y saltar desde él, pero lo único que hizo fue caer hasta el fondo. Fue a un acantilado más alto, sobre el mar, cerró los ojos, y saltó. Otra vez, volvió a caer. Otras gaviotas se compadecieron de ella e intentaron cuidarle. Pero esto le hizo sentirse más abatida que nunca. Se sentía como un lisiada.

Un día una gaviota muy vieja y sabia llegó volando hasta la costa oeste dónde vivía la gaviota que no sabia volar. Escuchó el problema y le dijo que subiera a la cima de un acantilado especial, el más alto y empinado.

En la cima de este acantilado encontraría una gran roca, y en esta roca había escrito un mensaje secreto. Éste era el mensaje que necesitaba para poder volar, le dijo el pájaro sabio.

Ninguna gaviota había subido nunca a ese acantilado tan empinado. La gaviota tuvo que atarse estrellas de mar a los pies para que le ayudaran a agarrarse. Subió lenta, dolorosamente, y finalmente llegó a la cima. Vio la gran roca.

En ella estaba escrito:

“Lo que tú creas, puedes hacerlo”.

La gaviota miró abajo del vertiginoso acantilado, estaba aterrorizada, pero cerró los ojos y saltó. Empezó a caer, y en esos momentos recordó decirse a sí misma:

– puedo volar, puedo volar, puedo volar.

Estaba tan ocupada diciéndoselo a sí misma que se olvidó de dudar. En lugar de prestar atención a todas las cosas diferentes que le habían dicho que hiciera, simplemente las hizo. Y se encontró volando, volando como cualquier otra gaviota, con las alas extendidas, deslizándose sobre el viento.

Fue el momento más maravilloso de toda su vida. Voló y voló, se sumergió en el agua y no se preguntó ni una sola vez si lo estaba haciendo bien.

Más allá en la arena, las otras gaviotas que le estaban mirando, le oían cantar:

-¡Puedo volar! ¡Sí! ¡puedo volar!.

Acerca de El Taller de la Serenidad "Locus Serenitatis"

Aprendiz de todo y maestra de nada en constante evolución. Aprendo, practico y comparto. Conocerse a sí mismo es el mayor saber. Galileo Galilei
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