La tierra, la luna y el sol


Al principio de los tiempos, en la Tierra habitaban solo unas pocas personas, animales y plantas. El Sol cada día iluminaba la tierra, dando luz y calor, para que los seres vivos pudieran vivir.
Sin embargo sentía que a pesar de él, la gente no parecía feliz. Y preguntó a la Tierra:

– Amiga Tierra, ¿qué ocurre? ¿Acaso no os doy luz para que veáis y os caliento para que no sintáis frío? ¿Acaso no hago crecer las plantas para que tengáis alimentos? ¿Por qué no es la gente feliz?

A esto, la Tierra respondió:

– Si, buen Sol. Tú generosamente nos das la alegría de tu luz y la calidez de tu cariño. La gente te está agradecida por ello, pero cuando te vas, todos se deprimen. Les falta algo, no sé lo que es.

El Sol se sentía afligido, pero no podía iluminar completamente la Tierra todo el tiempo.


Pasó el tiempo y un día la Tierra le dijo al Sol:

– Buen Sol, hay alguien a quien quiero que conozcas. Se llama Luna, hace poco que está conmigo y, al igual que tú, quiere hacer a la gente feliz. Sin embargo, no lo consigue.

– ¿Dónde está? No la veo – dijo el sol

– Eso es porque ella, al igual que yo, carece de luz propia. Pero la verás si le das un poco de tu luz.

El Sol envió un poco de luz donde le dijo la Tierra y poco a poco una forma plateada y redonda fue apareciendo. Era más pequeña que la Tierra , delicada y hermosa.

El Sol de inmediato se enamoró de ella.

– Hola, poderoso Sol – dijo la Luna.

– Hola, hermosa Luna – dijo el Sol.

Aquel día el Sol y la Luna hablaron por primera vez. De sus orígenes, de lo hermoso que era el otro, de lo que querían a la Tierra y de como les apenaba que la gente no fuera feliz.

Al final, el Sol y la Luna se despidieron ya que la Luna tenia que seguir a la Tierra.

A la mañana siguiente, el Sol se asomó por el horizonte como siempre. Pero notó que las personas parecían más felices. El mundo giró y por donde quiera que el sol miraba, veía que era así en todas partes.

– Qué extraño – pensó.

Pasó el tiempo, y comenzó a haber mas gente, y seguían pareciendo más felices. Intrigado, preguntó a la Tierra:

– Amiga Tierra, ¿qué ocurre? Llevo contigo desde que naciste, y la gente no parecía feliz. Ahora tienen algo que les da ganas de vivir, y no es ni por mi luz ni por mi calor.¿Sabes qué es?

– Si, buen Sol. El día que conociste a Luna y la iluminaste, la gente la vio durante aquella noche. Entonces se pararon a contemplarla, y surgieron muchas cosas hermosas. Descubrieron el amor, la pasión, la ternura… los sentimientos.

– Entiendo. Necesitaban a alguien que les iluminara de noche, alguien que les maravillara con su belleza, que les permitiera sentir y soñar. Esa es Luna. Pero no podían verla. Me alegro mucho por ellos.

Pero la Tierra notó algo triste en el Sol. Y le preguntó:

– Sé que te alegras por la gente, pero hay algo en ti que siente tristeza.¿A qué se debe?

– A que yo amo a Luna. Pero no podré verla, porque no podemos estar juntos. Solo la veo un momento antes de irme y en los primeros instantes de las mañanas. Pero me siento feliz de que al iluminarla la gente la vea y pueda ser feliz.

– ¿La amas? Pues ella también te ama, Sol. Y siente como tú no poder verte más que unos fugaces instantes. Y ella es feliz por la gente, porque con la luz que tú le das ella ha ayudado. Tú das la vida a la gente. Durante el día la gente vive y espera la noche para sentir las cosas que Luna les inspira. Y de noche, al contemplarla y sentir esos sentimientos, valoran la vida que les das como como nunca.

Cuando el Sol escuchó estas palabras se sintió feliz, aunque algo apenado por no poder ver a su amada.

– No te apenes – dijo la Tierra – Porque sabes que tu deber es dar vida con tu luz y calor, y ella sabe que el suyo es dar sentimientos y pensamientos hermosos a las personas. Y como ambos sois tan generosos, yo también lo seré con vosotros.

Y así la Tierra prometió que una vez cada cierto tiempo Sol y Luna se encontrarían, aunque fuera por poco tiempo.

Esto viene ocurriendo desde hace muchos, muchos años, y los seres humanos lo llamaron eclipse. Por eso, cuando veáis un eclipse, no veáis algo oscuro y terrible. Alegraos porque los amantes más viejos del Universo se han encontrado. Y en esos momentos pueden verse cara a cara, acercar sus rostros y besarse.

Intentad ser generosos, como ellos lo son con nosotros.

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Acerca de El Taller de la Serenidad "Locus Serenitatis"

Aprendiz de todo y maestra de nada en constante evolución. Aprendo, practico y comparto. Conocerse a sí mismo es el mayor saber. Galileo Galilei
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Muchas gracias por su aportación. Un cordial saludo

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